Una bombita pone en guardia al aeropuerto de La Habana

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Por Juan de Dios Pérez*

Tener un implante de pene, las popularmente llamadas bombitas, y viajar a Cuba puede resultar una experiencia –permítanme el adjetivo- acojonante.

A finales de diciembre estuve de visita en la isla en compañía de mi hijo mayor, un ingeniero que reside en Italia. Fue un feliz reencuentro con él y otros familiares cercanos después de 15 años viviendo en Miami. Aunque me había prometido mil veces no regresar mientras no se produjera un cambio de régimen, al final pesaron las razones familiares: un hermano enfermo, un nieto de 14 años que no conocía, una tumba ante la que quería rezar.

Mi  hijo me había sugerido que podíamos descansar y pasear por París, Londres o, si queríamos sentir los aires del Caribe, por República Dominicana, pero mis parientes inclinaron la balanza y decidí hacer el viaje a mis orígenes.

Debo decir que todo transcurrió con normalidad en mi visita hasta que me tocó pasar el último registro de salida en el aeropuerto de La Habana. Después que me cachearon y revisaron de arriba abajo, intenté recoger mis propiedades de bolsillo, pero la reacción de una joven oficial me dejó estupefacto: “¡No se mueva! ¿Qué lleva usted entre las piernas?”

Aquellas palabras, en semejante tono, me helaron. Tieso completamente y sorprendido por aquella imbecilidad, vacilé unos segundos en responder.
                
 -Que yo sepa, traigo ahí mi pene y mis testículos- respondí ya entrando en estado de shock.

Y agregué: “Si quiere, puedo bajarme los pantalones”.

La joven volvió a la carga: “Es que muchos de ustedes acostumbran a llevar ahí pajaritos para venderlos allá”.

A  pesar de la tensa situación, la referencia a las pequeñas aves era un pie forzado puesto en bandeja para mi próxima pregunta:

-¿Quiere que le enseñe el pajarito?

-Usted lleva algo ahí, no me engañe –contestó ella.

De pronto, recordé que yo tenía una prótesis en el pene por disfunción eréctil, luego de una operación de cáncer próstático. Le contesté entonces balbuceante: “Lo único que llevo dentro de mí es una prótesis de pene”. 

-¿Que cosa es eso? –demandó la muchacha, oficial del Ministerio del Interior.

-Eso es una bombita, una bombita y está erguida.

-Ah, así que está activada…

Me miró incrédula y se alejó, pero antes tomó mi pasaporte norteamericano y expresó: “Espere ahí que a usted tiene que verlo un hombre”.

Mientras tanto, en total estado de indefensión, acudí mentalmente a Dios y a todos mis santos: Ay virgencita de la Caridad, Santa Bárbara bendita, Viejo Lázaro,  ¡ayúdenmeeee, sáquenme de aquí!

Pasaron 10 interminables minutos y vino hacia mí un joven oficial que pausadamente me preguntó:

-Eso que usted lleva, ¿tiene cables por fuera?

-Señor, eso es un aditamento que va por dentro de la piel al igual que esa joven que va por ahí con un implante en los senos.

-¿Y usted no tiene ningún documento acerca de la operación?

-Pero qué documento ni qué documento tengo que traer yo de una cirugía del 2009. ¿Qué mundo es este?

Entonces optó por seguir la cadena de mando: “Espere ahí a que venga mi jefe”.

Después de esperar otra prudencial cantidad de tiempo, compareció otro oficial a quien tuve que hacerle el mismo cuento que al primero de ellos. Repetí el “estribillo” de la prótesis instalada, pero evidentemente no entendió mucho de lo que estábamos hablando:

-Tienes que esperar a que venga un médico –manifestó.

En ese justo momento, los altoparlantes anunciaron la salida del vuelo con destino a Miami. Todavía allí, parado en atención de matutino, sin cobertura para usar mi celular, rodeado de extraños cada vez más extraños, recordé los consejos de quienes me recomendaron: “Ve a tu país. No tengas miedo. Allá no te pasará nada”.

Ya la fila de pasajeros se encaminaba a tomar el avión cuando apareció el galeno.

-Vamos para ese cuarto -dijo uno de los dos militares, apuntando para un local apartado.

El médico con bata blanca llevaba una identificación que decía Dr. González. Me repuse y antes de que me dijera algo, la emprendí con mi lógica de visitante humillado:

-Parece mentira que esto ocurra aquí. ¡Coño, me gastado 4 mil 200 dólares, mi hijo trajo 4 mil euros y mira lo que hacen!

-Cálmese, cálmese -dijo con mesura el especialista.

Luego vino el interrogatorio médico, con tintes policíacos:

-¿Donde lo operaron?

-En el Hialeah Hospital.

 -¿Quién fue el médico?

-El doctor Edwar Geisler.
 
-¿Cuándo le pusieron el implante?

-Dos veces. La primera se reventó y hubo que repetir la operación. Eso duele como carajo durante un mes. Te abren de arriba abajo los testículos. Quiere verlo?

-No, no, no hace falta.

El doctor González se viró entonces hacia los oficiales y les dijo: “Caballeros, este hombre dice verdad. Nadie que no haya pasado por eso, puede conocer la operación en detalles”. Seguidamente se dirigió a mí:

-Perdónenos por el mal rato. Aqui nadie que no sea médico sabe de eso. Creo que empezarán a ponerse dentro de poco en este país.

Dando tumbos llegué al avión y a duras penas subí la escalerilla. Me senté y hundí mi cabeza entre las manos. Una aeromoza y un pasajero me preguntaron si me sentía mal.
              
-Es que tengo mucho miedo a la altura- les dije.

Fue un susto de apenas 40 minutos, pero susto en Cuba al fin. La tranquilidad solo me volvió al cuerpo cuando aterricé en Miami.

Así que ya saben los caballeros de bombitas en Miami. Tengan mucho cuidado con los erectos oficiales de aeropuertos si deciden ir a Cuba. Yo ya estoy curado de espantos y no pienso retornar en mucho tiempo.

*El autor ha decidido usar este seudónimo por motivos personales. La narración es estrictamente fiel al incidente ocurrido en el aeropuerto internacional “José Martí” en la última semana de diciembre.

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