Cuba electorera: la tiranía de los números

Urna protegida con imaginería castrista. Así votaron los cubanos. Foto: Roberto Suárez.

Por Miguel Fernández Díaz

La Comisión Electoral Nacional (CEN) abrió su informe de resultados preliminares de las elecciones de delegados a las asambleas municipales con un dato engañoso: acudieron a las urnas más electores que en los comicios anteriores (2015). Así quedó velado otro dato más significativo: creció el abstencionismo.

 

Año Electores Votantes % % Votos válidos % En blanco % Anulados
2017 8 855 213 7,608,404 85.9 91.79 4.12 4.07
2015 8,536,670 7,553,000 88.5 90.52 4.54 4.94

Votaron 54,882 electores más que en 2015, pero como el número absoluto de electores registrados creció en 318,543, la participación bajó del 88.5% al 85.9%. Desde que en 1993 los diputados a la Asamblea Nacional empezaron a ser elegidos por voto directo, el promedio de asistencia al colegio electoral andaba por 98% en las elecciones generales, pero en 2013 el abstencionismo se perfiló ya nítidamente al rozar el 10%.

Año Electores Votantes Votos válidos En Blanco o Nulos Abstenciones
2013 8,688,457 7,877,906 7,418,522 459,384 810,551
2008 8,495,917 8,231,365 7,839,358 392,007 264,552
2003 8,313,770 8,117,151 7,803,898 313,253 196,619
1998 8, 064,205 7,931,229 7,533,222 396,606 132,976
1993 7,886,039 7,852,364 7,300,629 551,686 33,675

La CEN deslizó entonces la excusa oficial con que esas elecciones transcurrieron normalmente “pese a las lluvias”, pero el viejo zorro Fidel Castro soltó ante las cámaras algo así como: “¿Será que la gente va a hacer como antes, que no iban a votar?” Las elecciones municipales han confirmado la sospecha de Castro con su tendencia alcista de abstencionismo.

Remedio contra las ilusiones

Sin embargo, no hay que ilusionarse con que 1,246,809 cubanos no fueron a ninguno de los 24,365 colegios electorales abiertos para ejercer su derecho al sufragio el pasado 26 de noviembre. La sociología política barata podrá esgrimir que abstencionismo equivale a oposición, pero Albert Otto Hirschman precisó en Exit, Voice, and Loyalty (Harvard University Press, 1970) que de nada sirve dejar de ir a votar [Exit, abandonar el juego político], porque la legitimación de todo régimen depende de la correlación de fuerzas entre lealtad [Loyalty] y disidencia [Voice].

En estos comicios el tardocastrismo consolidó la tiranía de los números. Más de 6.9 millones de cubanos votaron por los candidatos del gobierno y la minoría que no fue a votar, dejó su boleta en blanco u optó por anularla con algún texto o gráfica en contra del gobierno queda eliminada en virtud del imperativo electoral, como explicó sin tapujos Giovanni Sartori en ¿Qué es la democracia? (Taurus, 2003). De nada vale alegar que las elecciones son una farsa y aquella mayoría obró por miedo, porque para la política sólo cuenta el pueblo visible.

Si el pueblo de Cuba tiene miedo a votar a mano alzada para nominar candidatos de la oposición y concede masivamente su voto secreto a los candidatos gubernamentales, amén de salir a marchar masivamente a favor del gobierno, nada queda por hacer. Los líderes del anticastrismo tardío que tachan las elecciones de farsa y repudian el ejercicio del voto en contra del régimen, no van a colgarse un fusil al hombro para irse al monte ni saldrán a la calle con algo más que gritos y carteles sin fuerza movilizadora de masas. Y como las medidas de Trump ni doblegan ni tumbarán al gobierno de Cuba, los opositores de esa llamada línea dura continuarán con que se legitima al régimen tardocastrista tratando de aprovechar su ley electoral dentro, como si ellos deslegitimaran al régimen aprovechando su ley migratoria para viajar afuera.

El largo y tortuoso camino

En Cuba no hay comando que vuele a un Carrero Blanco ni rey que eche mano a un Adolfo Suárez. No hay un Walesa que se encarame en una cerca para agitar a miles de huelguistas ni un Popieluszko (con o sin hábitos) cuya muerte indigne al pueblo.

No hay un Havel que se siente a negociar con el gobierno, porque no hay una Plaza Wenscelao repleta de manifestantes con memoria de un tal Palach que allí se prendió candela. No hay un Nagy muerto a quien honrar ni un Kadar que se muera para honrar a Nagy. No hay un muro que tumbar ni un Krenz que venga de la Juventud Comunista para sustituir a un Honecker del Partido. No hay un Gorbachov en el Buró Político ni una conspiración de viejos comunistas para desbancar a otro más viejo como Todor Zhivkov. No hay un pastor Tőkés que dé sermones con sabor a guerra civil en tal o cual Timisoara ni una multitud que abuchee a un Ceauşescu que sale al balcón ni mucho menos un helicóptero que se lo lleve de pronto para fusilarlo. No hay chinos ni vietnamitas. Ni siquiera norcoreanos. Y la premisa mayor de toda política estriba en saber con quiénes se cuenta.

Las estructuras disfuncionales del tardocastrismo vienen generando una suerte de apatía política entre cubanos que se vuelve constructiva para la normalidad y estabilidad del orden político vigente. Al menos Rosa María Payá ha emprendido ya el camino de transformar la apatía en oposición sobre la base del ejercicio del voto como deber ciudadano. A tal efecto su iniciativa Cuba Decide -centrada en plebiscito vinculante sobre elecciones libres, justas y plurales- se enfila también contra el apartheid electoral que, por ley injusta, estriba en descontar como votos válidos aquellos que manifiestan de manera inequívoca la voluntad del elector de no dar su voto a ningún candidato del gobierno, ya sea dejando la boleta en blanco o anulándola intencionalmente, por ejemplo: escribiendo “Plebiscito”.

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