Luto en La Habana: 11 jóvenes desaparecidos en el mar

Luto en La Habana: 11 jóvenes desaparecidos en el mar Las madres de la barriada de Luyanó lloran a sus hijos. Una vez más esta escena se repite, y no por ello debe pasar desapercibida. Hoy se cumplen veinte días de que once jóvenes del barrio se lanzaron al mar con el sueño de llegar a Miami. Once sueños quedan truncos. Once madres sufridas claman porque sus dioses les devuelvan a sus hijos.

Sus esposas, hermanos y demás familiares llevan casi tres semanas sorteando la posibilidad de enfrentar la muerte, una realidad que postergan con llamadas a los familiares y amigos que están en la Florida, y que se encargan de indagar en Emigración si se encuentran en el territorio norteamericano.

La respuesta hasta ahora ha sido negativa. No se hallan en el centro de retención ni en el barco madre que los recibe en altamar para luego devolverlos a Cuba. Sólo se ha podido saber que esa noche las olas alcanzaron los diez metros de altura, que una llamada a las embarcaciones de rescate fue hecha después de haber avistado una balsa entre las embravecidas olas, y que otra balsa con jóvenes del municipio de Alarmar fue rescatada

Los Guardafronteras de Cuba también han negado tenerlos en su poder. Y los familiares, avistando que las posibilidades se agotan, han comenzado a llorar sus muertos. Aún queda una posibilidad de encontrarse en Bahamas. Todos ruegan porque esa luz ínfima, allá al final del horizonte, germine como un sol y vuelva a alumbrar sus vidas.

–¿A quién guardarle el rencor? –indaga un hermano–. ¿Ellos son culpables por huirle al hastío, ver cómo la juventud pasa sin lograr un ápice de vida decorosa?

Se pasa la mano por la cara para quitarse varias lágrimas.

–Mi hermano es ingeniero –hace un acto y aprieta los ojos–, o era… y haber terminado los estudios no le significó nada. Yo, trabajador de un agromercado era quien lo mantenía a duras penas. Se avergonzaba de que le comprara los zapatos a su hijo a principio de curso.

No le respondo. Es una historia que todos conocemos muy bien. Ha sido cincelada en la frente de cada cubano.

–¿Quién es el culpable, el Comandante Fidel Castro por darnos una revolución tan miserable o el Presidente Obama, unido a sus antecesores, por no corregir una historia decadente que ha tenido lugar frente a sus narices?

Levanto los hombros y miro a la costa. Prefiero imaginar a esos amigos y vecinos que hemos visto crecer a puro esfuerzo de sus padres, y ahora, como un soplo apaga once vidas y priva a sus familias de la felicidad, quizá por el resto de sus existencias.

Mientras debatimos quiénes tienen la culpa o gastamos el gris del mar que hoy rodea el archipiélago cubano, preparo las palabras para una anciana que desea saber la verdad del lugar donde se encuentra su nieto, y su familia me ha pedido que sirva de ave negra y le haga saber la fatal noticia.

Yo prefiero recordarlos riendo en alguna celda de las Bahamas, en el fondo del mar o a los pies de Dios. Pero me aferro a sus risas que dejaron en las esquinas del barrio, y que contagian, me llenan de optimismo, porque son once ángeles que están inclinados ante el Creador agradeciéndoles el llamado, y esperando la oportunidad de clamar ayuda por los que dejaron dentro de estas islas llenas de jóvenes que también, se debaten entre la miseria y jugarse la vida en altamar.

Una generación que cada vez más se gana el nombre de “los hijos que nadie quiso”.

El pasado 24 de octubre el Servicio de Guardacostas anunció la repatriación de 52 inmigrantes cubanos interceptados en el mar durante las dos semanas anteriores; dos de los interceptados fueron llevados a la Base Naval de Guantánamo como refugiados políticos. Desde el 1ro de octubre, cuando comenzó el año fiscal 2012, han sido capturados en altamar 188 cubanos. Durante el año fiscal 2011, un total de 985 fueron interceptados y retornados a la isla, según los acuerdos migratorios de 1994-1995.

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* Escritor residente en La Habana. una de las más prominentes voces de la literatura cubana actual. Su libro de cuentos Dichosos los que lloran ganó el premio Casa de las Américas en el 2006. Es autor del blog Los hijos que nadie quiso.

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